viernes 4 de diciembre de 2009

El lirio, la marabunta

Las cosas con Antonia fueron problemáticas desde el principio. Problemáticas y repetitivas. Y memorables. Yo estaba saliendo de una relación difícil, digamos absorbente. Ella sólo llevaba un par de meses con su novio. Un problema de longitudes de onda. Yo necesitaba cariño, mucho cariño: que me escucharan, que me abrazaran, que me fuesen quitando dulcemente la ropa. Antonia, por su parte, necesitaba que dejara de llamarla, sobre todo a partir de ciertas horas, que borrase su móvil de mi agenda y muy especialmente que le respetase los sábados. Justo los sábados, cuando más se necesita. Pero si un defecto tenía Antonia, que por lo demás era un catálogo de virtudes, era precisamente su enorme compasión. Por ese flanco era débil, era muy fácil penetrar en su muralla. Suerte que tuve yo en aquella época, que se me saltasen las lágrimas con tanta facilidad. Y mis lágrimas caían sobre su regazo como las gotitas de engrasante sobre las cerraduras viejas. Antonia entonces se ablandaba, se burlaba cariñosamente de mí, dejaba que le quitara el jersey. El problema o novio de Antonia era un bisonte de las reservas naturales de Virginia. Se llamaba Eloch, Enoch, algo así, algo que en su idioma significaba Tormenta o Tornado o Trueno, algo relacionado con la pura bestialidad. En mi recuerdo sobrepasa los dos metros, los ciento veinte kilos. Daba mucha lástima —y un poco de morbo— imaginarlo encima de la frágil Antonia. Enoch, Etoch, no sé, frecuentaba mis noches en forma de minotauro de grandes belfos rebosantes de espumarajos, con sus formidables cuernos tintados de rojo sangre. Al final, una de aquellas pesadillas resultó no ser tal. Era el mismísimo Etloch, Ermoch, que se presentó en el apartamento de Antonia de repente. Las lindezas a las que llevábamos horas entregados nos habían hecho olvidar que era sábado, que debía irme antes de las cinco. El cuerpo de Antonia era menudo y fragante, y en el amor se esponjaba y abría como las flores de un día. El de su novio era duro y frío como acero, como bloque de granito, y rodaba y trituraba igual que piedra de molino, eso pensaba yo mientras salía a hostias de aquella cama, de la vida de la compasiva Antonia.

domingo 15 de noviembre de 2009

Más despacio, cariño

Aurora era una mujer que necesitaba tiempo, y quién no. Con Aurora, el paso de la chaqueta a la blusa, de la blusa al sostén, podía suponer horas, a veces días. Se dio el caso (sólo una vez, pero se dio) en que, cuando al fin logré desnudarla, sonó el despertador y tuvo que irse a trabajar. Una cosa estaba clara con Aurora: si podías quedar con ella a las cinco, mejor que a las seis; si para comer, mejor que para cenar. Si en algún momento yo trataba de avivar ligeramente el paso y por un casual ella advertía en mí algo parecido a la ansiedad, a la prisa, retrocedíamos varias casillas como en aquellos juegos de la niñez. Ella aducía sus motivos, razones que salían de su boca cargadas de sensibilidad y delicadeza, hasta de nobleza y dignidad: el placer de los preliminares, la cocción a fuego lento, el respeto al “ritmo” de cada cual… Es verdad que, algunas veces, un proceso de muchas horas conducía a un final sorprendente: «Es que hoy no me apetece», decía, «pero podemos seguir charlando y tocándonos así.» A Aurora le gustaba mucho que hablásemos, que le hiciese reír y le contase mis cosas, que le preparase un colacao con galletas cuando estaba a punto de culminar el proceso de quitarle las bragas. Aparearse con ella era como ver eso que llaman cine “de autor”: esas largas películas en las que puedes dar un par de cabezadas, hacer pis, responder al teléfono y muchas más cosas sin perder el hilo de la narración. No cabían reproches si uno de los dos (generalmente yo) se quedaba traspuesto a lo largo de la cita. Yo una vez me dormí en la etapa de los besos en la oreja, y tuve un par de sueños antes de que ella me sacudiera: «¿Te has dormido» «No, claro que no…» En otra ocasión el sueño me asaltó mientras me besaba ella. La inconsciencia hizo que me resultara inevitable vaciarme entre sus labios. Aurora se enfadó un poco, sólo llevábamos un par de horas. Decía que con las prisas no se llegaba a ninguna parte; no con ella, al menos. Lo mío con Aurora murió lentamente. Porque no era fácil acabar con ella, quizá hacía falta toda una vida para acabar con ella. Creo que sí, que éramos dos viejecitos medio ciegos y casi sordos cuando murió lo nuestro...

jueves 5 de noviembre de 2009

Caridad bien entendida

Están aquellos a los que les gusta pegar y aquellos otros a quienes les gusta ser pegados, y luego están los que disfrutan tanto dando como recibiendo. Es una clasificación de la humanidad como cualquier otra; las hay peores. Cabría añadir otro grupo más, el de los que preferirían no hacerlo, ni lo uno ni lo otro, los pacíficos. Pero este grupo no existe, carece de ejemplares, y quienes creen encajar en él es que todavía no han descubierto a cuál de los grupos anteriores pertenecen. Yo mismo creía ser un hombre pacífico, lo creí toda la vida, desde niño, hasta que conocí a Caridad. Caridad parecía una chica normal: metro sesenta, pelo castaño, teleoperadora. Lo normal. Yo al menos nunca hubiera esperado de ella otra cosa que una relación normal: la conoces una noche y os caéis bien, la llamas otro día y vais al cine, la cortejas durante un período que oscila entre los dos días y las dos semanas hasta que pasa lo que pasa, y finalmente la conviertes en la madre de tus hijos. Lo normal, lo deseable para la buena marcha de las cosas. Claro está, al final resultó que Caridad no era una chica normal. Metro sesenta, sí, pelo castaño y todo eso, pero en absoluto normal. Con Caridad pasó lo que pasó a los veinte minutos de conocerla. Ni llamadas ni cine ni nada. La había abordado a altas horas, justo antes de que cerraran aquel bar, y me ofrecí a acompañarla a su casa. Éste es un comportamiento frecuente en mí y lo aprecio como vestigio de algún lejano pasado, como un atavismo de la especie. Estaba convencido de que nos despediríamos en el portal (porque vivía con sus padres, lo normal) y sólo aspiraba a quedar con ella otro día. Pero Caridad dijo: “Mejor te acompaño yo a la tuya”. Ahí vi que algo fallaba en mi diagnóstico. Los críos estaban con su madre aquel fin de semana, así que disponía del apartamento. Ya en el taxi, me comió la boca como si quisiera arrancarme algún empaste. En el portal, me rompió la camisa (una buena camisa), en el ascensor me arañó la espalda, el cuello y el culo, y cuando cruzamos la puerta de mi piso me empujó contra el perchero y preguntó: “¿Qué pasa, te doy miedo?” Empezamos a revolcarnos sobre la alfombra, a arrancarnos cosas, como en esos torneos de lucha libre que se celebran sobre un barrizal. Y de pronto, sucedió: con el envés de la mano izquierda, con una fuerza que jamás cabría esperar en una chica normal, me sacudió tal tortazo que tardé mis buenos treinta segundos en dejar de mirar al sur. Cuando reaccioné, cuando comprendí que aquello había sido una hostia en toda regla y me dispuse a preguntar, a pedir una explicación, una disculpa, un segundo hostión me devolvió al norte geográfico exacto. “Menuda nenaza estás tú hecho”, oí. No daba crédito. Tuve que emplearme a fondo para sujetarla. Pies, manos, cabeza, todo era válido como arma para ella. Y cuando se veía inmovilizada escupía, insultaba. Caridad, qué criatura. Llegamos al dormitorio a rastras, yo delante, creo que huyendo. Ella parecía encantada, excitadísima. Aullaba o algo así. Por mi parte, no entendía nada, aquello era nuevo para mí. Hasta que, harto de cobrar, me abalancé sobre ella con la mano abierta y alzada, dispuesto a descerrajarle un bofetón que pusiera de una vez las cosas en su sitio. Lo recuerdo, lo revivo más bien, como si hubiera sucedido a cámara lenta: mi mano en las alturas, tomando velocidad, aproximándose imparable a su mejilla, y ella viéndola llegar con los ojos muy abiertos, decidida a no cubrirse ni esquivar, ansiosa de sentirme. Creí haberle roto algo, por el sonido, como cuando se quiebra una rama. De su nariz escapó una gotita de sangre que dibujó un pajarillo sobre la sábana. También le rompí un poco un labio, pero nada más. Tras los inevitables segundos de estupor, Caridad se volvió a mí sonriendo: “¿Eso es todo lo que eres capaz de hacer, nenaza?” Fue un combate a muerte, una cópula digna de un documental zoológico. Formidable, maravilloso. Mi recuerdo sigue siendo vívido, como si yo hubiera sido en realidad un espectador de primera fila, como si aquel hombre que golpeaba y encajaba —izquierda derecha-izquierda derecha— en el paroxismo del gozo, no pudiera ser yo. Pero era, soy yo, ahí, castigando sin demasiada elegancia la mandíbula, el hígado. También recuerdo con cariño lo que vino después. Los cigarrillos, la charla apacible y las risas, la ternura postcoital y nuestros cuerpos llenos de rasguños, moratones y sangre sobre las sábanas para tirar (unas buenas sábanas). Volvimos a vernos algunas veces más. No muchas, el fragor de los encuentros era cada vez mayor, y yo sentía que nos acercábamos a un límite peligroso. Pero para Caridad todo era poco, y su gozo únicamente se daba en la superación. Aquello sólo podía acabar en un hospital, quizá más allá. Con todo el dolor de mi corazón, un día le dije que no podía ser, que no anguataba más. Me dolía hasta por detrás de las orejas. “Nenaza…”, masculló ella y se fue del bar, de mi vida. Todavía hoy, a veces despierto sobresaltado en mitad de la noche, como si el cielo se desplomara sobre mí. Y cuando una teleoperadora llama a casa ofreciendo eco-bolas, libros de bricolaje, escruto su voz y revivo aquellos miedos, aquella sed bárbara. A los niños, en fin, dejé de decirles que no hay que pegarse. Hago como que no me entero. Que disfruten. Caridad. Una de las que más me está costando olvidar.